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May 29

3. ¿Fingimos?



Hablo de 'Fingir para encajar'.

Si os fijais, forma parte del engranaje social fingir un poquito en la convivencia. Podría verse como una capita de gomaespuma que es bueno colocarse para que al encontrarnos con otra persona, si por cualquier razón hay un choque, el golpe sea más suave.

No digo que me parezca el comportamiento más correcto posible, ni el más eficaz, pero si un paso para comenzar a solucionar una situación menos cómoda, como es la convivencia con otras personas cuyas vivencias, experiencias, frustraciones... nos son desconocidas.

El problema es que este pequeño fingir, cuando por la razón que sea te ves diferente a la mayoría, y piensas que no encajas absolutamente para nada, se transforma en un enorme disfraz, y la capita de gomaespuma en un lastre grueso y pesado.

Y puede ser que una noche te despiertes sin saber quién eres.
 
Incluso puede ser que te olvides de quién has sido un día.
 
O también puede pasar, y es lo más normal, que empieces a sentirte terriblemente solo. Piensas que todo es un juego, que nadie vale nada, que todos los que te rodean están vacíos...

Pero no es así. Cada persona puede aportar mucho, hay que saber ver que ese otro también tiene puesta su capita... Y si tú llevas la tuya, hasta incluso poder confundirte y pensar que forma parte de ti, ¿cómo vas a darte cuenta con claridad de que el otro también la lleva? Es más fácil pensar que todo lo que nos rodea es frívolo, que nuestros compañeros son unos 'sin sustancia', materialistas, bárbaros...

Pero creo, porque me ha costado quitarme la mía muchísimo, (y después me he quedado como una tonta diciendo: oh, el mundo no se ha acabado) que rascando un poquito podemos encontrar amigos inesperados debajo de apariencias ligeras y poco profundas. Debajo de quien menos esperamos. Es cuestión de probar.

¿Qué os parece a vosotros?
April 24

2. ¿Nos creemos superiores?

 
Vivimos en una sociedad que valora lo mediocre. Actualmente a nuestros niños se les enseña a creer que el triunfo es algo fácil de conseguir, no una meta a largo plazo, sino el premio de un concurso, o una brillantez mágicamente dada, ya sea por poderes paranormales, ya por deformaciones de la naturaleza.
 
No creo que de eso pueda salir nada bueno. Parece un contrasentido, pero con lo que voy a exponer no intento que se categorice en personas mejores y personas peores, sino que cada cual pueda dar lo mejor de sí mismo, con sus diferencias y especialidades.
 
 
 
Esta pregunta se realizó originalmente en un foro en el que participan personas con alta capacidad intelectual.
 
Por ello creo que el que plantea estas cuestiones lo hace desde la óptica de la superdotación. En este sentido la creencia de superioridad se circunscribiría al ámbito intelectual/creativo.

Si lo vemos así, y omitimos el ejercicio mental que supone “creerse”, una superdotación, en este caso intelectual, se desglosa en una dotación superior. La dotación intelectual de un superdotado es superior a la de alguien que no lo es. En este sentido, y sólo en él, una persona con esta característica es superior a otra persona sin ellas.
Pero todo se reduce, de primeras, a un tema cuantitativo, a una dotación, una capacidad, que se encuentra vacía si no se aprovecha.
 

Pero el que planteó la cuestión no hablaba de ‘ser’, sino de ‘creerse’. Lo cual nos lleva al ámbito de los trastornos de la personalidad, los complejos, que no son espacio restringido, ni mucho menos, de los superdotados.

Estoy segura de que todos hemos visto a gente, con más o menos base, que se creía inferior o superior a nosotros. También estoy segura de que desde fuera nos parecía una actitud irrisoria, y en ciertos casos desagradable, e incluso agresiva.

La persona que se cree superior está convencida de que sus propias dotes y capacidades son superiores al promedio de los humanos, se exige a sí mismo y a los que le rodean de forma exagerada, se jacta y tiende a desacreditar a todo el que le contradice, o incluso al que no lo hace. Difícilmente veremos a estas personas felicitar una idea ajena si no viene encuadrada en el marco de un autor generalmente reconocido.

Estas personas tienen miedo. Pues basan tanto su existencia en esa creencia de superioridad, que todo lo que pueda alterarlo, como por ejemplo el despuntar de otro a su alrededor, es considerado una agresión. Así, no es de extrañar que tengan reacciones aplastantes, sean dados al insulto, con más o menos sutileza, de las características ajenas. Si volvemos al tema del superdotado intelectual, estas personas insultarían constantemente la inteligencia ajena, sometiéndola a incontables pruebas a fin de seguir afianzados en su creencia.

Veo que el sujeto con complejo de superioridad parte, bien de un orgullo cegador por pertenecer a una comunidad, bien de un orgullo igual de obtuso por no hacerlo.

Imaginemos a un niño que es apartado tanto por el entorno, como por él mismo, de la comunidad que le rodea, por no sentir afinidad con la misma, ya sea por unas características de su personalidad u otras, que bien pueden ser, bien tratadas aspectos favorables que le harían despuntar en uno u otro ámbito. Se cierra, pues, una vez apartado, el niño, en una burbuja propia.

Parte esta persona, pues, de una carencia. Carece de sentimiento de comunidad. No es capaz de gozar de los placeres que produce la fraternidad. Y así, rememorando las teorías de Adler, sustituye el sentido común por la inteligencia individualista.

Entiendo, por tanto, que esta persona, que primero fue este niño, actúa con una incorrección de juicio, cuando lo hace desde la creencia de ser superior. Su percepción de superioridad es consecuencia de un complejo previo de inferioridad que no se ha exteriorizado.
 
En el colegio era un raro, un inadaptado, siempre sólo, incomprendido. Incluso puede que físicamente o intelectualmente, dependiendo de que característica propia le especializara, se haya ido dejando de lado. No se quiere a sí mismo, en el fondo, y sólo cultiva aquello en lo que aprecia sobresalir. Se olvida de que es persona. Y al final no es ni más ni menos que eso, una persona. Una más.
 
De este modo tendríamos a un sujeto con una especial capacidad, física o intelectual, por ejemplo, que no solo es más fuerte en ese sentido, sino que, además, presenta carencias que pueden hacerle actuar contra el medio.

No quiero negar con esto que la alta capacitación sea algo positivo. Siempre he pensado que es algo maravilloso tener dentro de uno un motor con tanta fuerza. Desde esta premisa, el afán de superioridad puede considerarse un arma útil y amable para no caer en la pereza y la mediocridad, un aliciente, si se quiere, para seguir creciendo en este aspecto de nuestro ser que nos sonríe. Siempre es mejor hacerse daño al apoyar las manos en algún sitio, que terminar cayendo, y alguien que por su capacidad, tiende a subir mucho, puede pegarse un buen batacazo.
Pero pienso que como toda arma, puede actuar contra ti si no la tratas con mucho cuidado.
 
Vivimos en una sociedad que valora lo mediocre. Por ello, no aceptamos al que está a nuestro lado y tiene un brillo que nosotros no nos vemos. Mientras no podamos apreciar nuestras propias características especiales (capacidad física, intelectual, empática...) y aceptar que no sólo es nuestro derecho, sino nuestro deber, desarrollarlas, para ser la mejor persona posible, y desarrollar también aquellos aspectos en los que no hemos sido tan afortunados y que por lo tanto nos requiere más esfuerzo, no seremos capaces de ver la que nos rodea y aprovechar todo lo que esto puede ofrecernos.
 
¿No creeis que será mejor un mundo de gente que se esfuerza por mejorar y porque los que están alrededor mejoren, que otro dónde luchemos por ser lo más mediocres posible, compitiendo únicamente con nuestros propios complejos de inferioridad/superioridad?
April 22

1. Los niños vivos lloran.

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A veces resulta complicado saber por qué se siente. Resulta complicado, también, saber lo que se siente. Incluso resulta complicado saber que se está sintiendo. Nos creemos fuertes, invencibles, y somos tan pequeños... y tan grandes cuando logramos darnos cuenta de ello.
 
Es muy común llegar a un punto en el que, sin percatarnos, nos vamos envolviendo en capas, en capas muy pesadas. Son capas húmedas, pegajosas, que se adhieren a ti como una segunda piel.
 
Estas capas se alimentan de tu propia sangre. Existen en ti, formando una simbiosis imposible de lo muerto en lo vivo, en la que ellas toman mucho, dándote sólo peso.
 
Ese peso, ese algo, te impide ser tú. Porque estás tan cargado que tienes el absoluto convencimiento de que si dejaras de soportar, durante un solo segundo aquel lastre tremendo, se caerá de golpe encima tuyo, destrozando tu mundo, alterando de forma irremisible tu estar y alejando de ti tu paz artificial.
 
Paz que como toda paz llegó con luz. Pero esa luz es fría. Es luz de neón de colores, la que ilumina tus noches más oscuras. Las noches de silencio en las que el misterio se abre paso y amenaza con dejarte entender. Esa luz es fría. Y aplaca el miedo esa luz, alimentándolo. Esa luz que no es luz, sino una bombillita triste que te permite justificar el que puede que nunca salgas de esta habitación sin ventanas en la que te encerraron un día y a la que volviste siempre.
 
Resulta complicado saber porqué se siente.
 
Había no muy lejos de aquí una chica, no hace tampoco tanto tiempo, que se hubiera enamorado, por ejemplo, de la columna inmóvil que dividía en dos la secretaría de su ofina si algo, por pequeño que fuera, la inclinara a pensar que aquella podría devolverle un abrazo.
 
Ella lo supo siempre.
Y sin mirar atrás, o sin mirar adentro, ella se enamoró de manera barata, intrascendete y absurda. E igual se desenamoró. Y se enamoró otra vez, sin trauma, esta vez, pues la primera duele y gusta poco, y la segunda ya va costando menos y va gustando más. Podría haber seguido así, cada vez más rápido, más suave y más fácil. Ya llevaba tiempo allanándose el camino.
 
Saber porqué se siente resulta complicado.
 
Saber porqué te da tumbos el corazón cuando lo que te está pasando, en apariencia, es una tontería que no merecería la pena si lo estuvieras mirando desde fuera. Entonces es que lo estamos viviendo desde dentro. Mejor sería ver qué es lo que está sucediendo por ahí.
 
Resulta complicado saber lo que se siente.
 
Porque pesan las capas. Que tienen muchos nombres.
 
Me gusta contemplarlas, algunas son preciosas, algunas de esas capas. Especialmente bonitas son las que reciben el nombre de 'Costumbre'. Plácidas las que vienen a llamarse 'Seguridad'. Llanas y lucidas (llana también esta palabra) las que denominamos 'Sentido común'.
 
A veces esas capas tienen nombres más áridos. Porque son más explícitas. El nombre de las sustancias que te duermen el alma, mientras te la devoran. Normal que cuando se llaman así a muchos les de el miedo de los necios, que no quieren vencer la hipocresía. Algunos sí las llaman. Alcohol, Prozac, Cocaína, Humo...
 
A esa chica, de la que hablaba antes, le pesan la Aventura, la Libertad, el Romanticismo y el Sexo. Al menos son capas eufemísticas. La capa del Alcohol fue más complementaria. A ella le ha servido para verse más clara. Bendito sea lo crudo cuando vapulea, lo justo y necesario.
 
Y sin embargo siente. Y no siente como debería sentirse un aventurero, un libre, un romántico o un libidinoso. Cais nunca le sale rentable el peso que la hunde en la tierra , y por eso esa chica se quería dormir, y ve que la aventura ya nunca es suficiente. Que, pese a no parar nunca, sólo vive de verdad cuando sueña, cuando se levanta e inventa cada mañana lo que va a ser su día. Y ve que la libertad ya la tenía antes de habérsela inventado. Que el romanticismo autoimpuesto huele al perfume apagado y acre de las rosas marchitas y que el sexo esporádico siempre sabe a macdonal.
 
Y sin embargo siente. Siente asco, y pena y dolor. Y siente. Intuye lo que siente y sin saber aún del todo lo que es, se da cuenta de algo mucho más importante. Si duele es que estás vivo. Y es que nacer te duele. Los niños vivos lloran.
 
No sé qué es lo que hace que un día te levantes y decidas dejarlo todo en el suelo, todas las capas, levantarte, apagar la bombilla, abrir la puerta y salir del encierro. Si lo supiera supongo que podría dejar de trabajar y dedicarme a vivir del cuento vendiendo la fórmula de la felicidad.
 
Pero sí sé que es facilisimo. Que en el hecho de hacerlo está el camino. Romper con las excusas, ser tú en cueros. Qué alegría.
 
Y ver lo rápido que quedan atrás aquellos tiempos en que eras una sombra de ti mismo. Qué alegría.
 
Momentos antes de salir de la habitación, aquella chica sintió una opresión terrible en el pecho, y un desgarro, un dolor muy intenso. Era un anzuelo. Se le establa clavando profunda y salvajemente en la garganta, y desde ahí tiraba. No podría decir a ciencia cierta si le dolía más el tirón en sí o las veces en las que al salir del agua la chica sentía que se asfixiaba. El miedo era algo atroz. Y casi llegó al pánico cuando vio que detrás de aquel dolor, de aquel tirón, había una imágen perfecta de sí misma.
 
Al salir fuera, a la luz, y sentir el golpe de aire que hinundó sus pulmones, al verse como una sola, y no como la de dentro y la de fuera, tuvo que quedarse quieta durante un segundo. Sentada en la orilla, contamplando el charco del que acababa de salir, un charco hecho de capas, húmedas, pegajosas, supo por fin que lo que más dolía, lo que más miedo daba, no era ni el tirón, ni el pinchazo, ni el desgarro ni la asfixia. Sino comprender y asimilar, que podría haberse quedado ahí dentro, para siempre.
 
Pero hay luz, luz de verdad. Hay camino. Lo haces tú.
 
Qué alegría.